¡Oh, complejo personaje! Recuerda de donde vienes...

La evolución que ha sufrido el antagonista de una historia desde el siglo XX hasta nuestros días ha sido verdaderamente notable. Donde antes nos conformábamos con el clásico personaje de malignas o egoístas intenciones que sabíamos señalar desde el primer capítulo, ahora nos cuesta trabajo aprobar historias en las que el antagonista no posea una justificación o un motivo realmente fuerte para cometer acciones de dudosa moral. De hecho, llegamos al punto de disculparlo, o sentir cierta empatía hacia su trama y su persona.
Imagen del protagonista y el antagonista
de Death Note
El protagonista tampoco se ha quedado cogiendo polvo. Del romántico príncipe "con pelazo" de tierras germanas hemos atravesado durante los 80 y los 90 ese perfil canalla, americano, de chiste rápido y atractivo cortoplacista, hasta llegar a nuestros días, donde el protagonista no es aceptado si es simplemente un ser de luz de pasado intachable, que no falla una sola bala.
La mayor parte de la población de creadores de historias, se encuentra campando en esas islas internas que tiene el símbolo del Yin Yang para construir a sus personajes. ¡Qué remedio! Son las zonas más interesantes si realmente quieres que tus lectores/espectadores se enamoren de ese "incomprendido villano" o de ese "devastado protagonista". Soy el primero que trabaja todo esto, porque también me resulta interesante que mis lectores no den por sentada la horquilla moral de mis personajes, aunque inicien su trama salvando a un gatito o asesinando a un presidente.
De cualquier forma, nos encontramos en una época donde podemos aprender "qué está bien" y "qué está mal" tanto de protagonistas como de antagonistas.
¿Dónde está el "pero" de todo esto?
A menudo no nos damos cuenta de que nuestro cerebro necesita en sus comienzos del desarrollo historias clásicas. Historias con moralejas claras, donde se pueda ver sin asomo de dudas quién es el bueno, y quién es el malo. Solo teniendo sedimentada esa base, podremos posteriormente jugar con cambios y reflexiones.
Un ejemplo que ilustra esto podría ser el cuento de "Caperucita Roja". Este cuento se caracteriza por ser uno de los que más versiones ha conocido a lo largo de la historia. Ha sido un vehículo para incrustar moralejas de diferentes tipos en su estructura fundamental. Recuerdo que hace unos diez años se estrenó en el cine una película llamada "La increíble ¡pero cierta! historia de Caperucita Roja" en donde se contaba hasta cinco veces la trama de la historia desde las diferentes perspectivas de sus actores, y cuya última responsabilidad de juicio recaía en una rana que tenía la voz del doblador de Horacio Kane (CSI: Miami), que debía desvelar el misterio del altercado para detener al responsable.
Como niño en su edad dorada, adolescente o adulto, la película se disfruta mucho, ya que llegas a sospechar del mismísimo leñador, o de la abuela, o hasta de la propia Caperucita. Pero todo este disfrute no sería posible si no se conoce desde el principio el cuento original, donde básicamente hay un lobo que quiere zamparse a una octogenaria y a su nieta, y una moraleja que simplemente te explica cómo el no seguir el consejo de una madre cuando te dice que no hables con extraños o cuál es la ruta más segura, te puede llevar a un final trágico para ti, y provechoso para la digestión de ese lobo.
Imagen de "La increíble ¡pero cierta!
historia de Caperucita Roja"
Es por este motivo por el que suspiro cuando oigo a un autor presentar una versión de un cuento clásico con la intención de visibilizar un problema -sea del tipo que sea- en edades muy tempranas.  Y no suspiro porque pueda o no estar de acuerdo con el autor en su nueva propuesta. Lo hago porque sé que el infante que no conoce aún quién es la primera Caperucita, no va a comprender esa potencial nueva moraleja. Muchos redefinidores de nuevos lobos y nuevas Caperucitas que aparecen con "purísimas" intenciones educadoras o por simple divulgación de la estética feísta que tanto se ha vuelto a poner de moda, caen en esto junto a sus obras.
Y menos mal... No me gustaría oír a alguien que me dijera que una obra original es copia de una versión posterior, "porque a él de pequeño se lo contaron así".
¡Cuidado! No digo que no se creen versiones de cuentos clásicos. Repito, a mí me encantan -cuanto más retorcidas mejor-, pero también creo que deberíamos replantearnos el contar las historias en su justo orden para lograr una transmisión más eficaz de la cultura, y que todos podamos disfrutar al máximo de muchas de esas versiones.

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