Poscensura, enfréntate a mí.

Creo que este es uno de los artículos más complicados que debo escribir, y creo que tengo una falsa sensación de alivio al saber que no soy el primer comunicador que se expresa en los términos que voy a hablaros.

Hay veces que los escritores soltamos la pluma. La mayoría de las veces lo hacemos cuando acaba un ciclo de inspiración, cuando llevas demasiado tiempo viendo parpadear el cursor del procesador de texto o simplemente porque necesitas cambiar de actividad. Estos son los motivos más normales dentro de nuestra disciplina, pero hay otro motivo por el que a veces me detengo cuando escribo.

Os lo explico despacio.

Aunque soy uno de esos “millenials oscuros” nacido a mediados de los años 80, me he dado cuenta de que me inicié tarde en las redes sociales. De hecho, reconozco que no las sé usar con la destreza con la que veo a otros usarlas. Tan solo sé diferenciar el grado de exposición que ofrece cada una de ellas. Algo básico, sin mucho más.

Una de las cosas que más me gustaron de las redes sociales es que nos concedió a cualquier persona de a pie un altavoz para poder expresarnos, extendiendo de forma exponencial nuestra libertad de expresión. Sin redes, todo lo que quisieras decir por cualquier medio público tenía que pasar unos filtros, y en última instancia tenía la palabra el editor responsable del medio donde se ofertaba tu contenido. Pero con las redes se hizo un pequeño agujero en la presa que mantenía el fluído del cuarto poder, acaparado por unos pocos. Con los años, ese orificio se ha hecho cada vez más grande, y el fluído de poder que pierden los medios tradicionales lo ganan las personas de a pie, repartiéndolo en una especie de juego de influencias basado en seguimientos. Ciertos acontecimientos recientes han probado, con poco margen para el escepticismo, que ya ese trasvase del cuarto poder a las redes sociales es un hecho real. Y que si se desea emitir un mensaje, se debe entrar en ese juego de ganancia y pérdida de influencia medida en likes, follows y retweets. Un juego por el que mucha gente está al límite de la pérdida del juicio.

Pero permitid que me centre… 

La poscensura -término popularizado últimamente por Juan Soto Ivars- fue conocida por muchos escritores grandes. Particularmente el primer escritor que me viene a la mente es Mijail Bulgakov, un médico soviético cuya obra más importante “El maestro y Margarita” fue aclamada a título póstumo. En vida, a Bulgakov le obsesionaba la idea de que la policía secreta del régimen soviético pusiera la mano encima de su manuscrito, con lo que decidió quemarlo. Lo contradictorio de todo esto, es que el pobre no supo que la propia policía secreta ya había entrado en su casa, fotografiado página a página su manuscrito, para finalmente dejarlo donde estaba. Es decir que gracias a la censura podemos acceder a la obra de este autor. ¿Curioso, no?

De todas formas, en el siglo XXI en España no tenemos un organismo censor oficial en nuestras publicaciones. Puede que tengamos una ley pésimamente redactada que estemos obligados a cumplir para no publicar según qué cosas y así no meternos en líos (con algunas estoy de acuerdo, aunque con otras no), pero esa ley entra en casos bastante más extremos.

No obstante, y junto a esa supuesta libertad de expresión, sí que existe algo… Algo que te hace borrar un tuit, o un enorme párrafo de Facebook que llevabas una hora formando. Algo que no estaba durante las primeras andanzas de las redes sociales, donde poníamos en nuestros estados cualquier cosa decorada con emoticonos hechos de caracteres de teclado. Ahora hay una poderosa sombra que te pone las cosas muy difíciles a la hora de publicar -sea realidad o ficción-. Y ese algo no es más que el miedo al juicio, a la quema en la hoguera, el linchamiento digital del que varios han sido ya víctimas. Y con ese miedo, vuelve la poscensura, que a su vez, trae el fin de la libertad de expresión.

Muchos estudios han demostrado que los hedonistas de redes sociales como Twitter, que disfrutan de linchamientos en base a la sensación de invasión de determinados espacios de ofensa, no son para nada malas personas. Simplemente son personas que no entienden cómo funciona ese cuarto poder recién trasvasado, que además creen estar usando para hacer un mundo mejor.

Hoy he decidido declararme enemigo -no de los que se ofenden por lo que yo diga o lo que yo piense- sino de esa sombra descontrolada que hace que me plantee autocensurarme cuando escribo mis obras. He decidido que cuando detenga mi pluma para pensar a qué espacio de ofensa hyper-inflado voy a ofender con cierta palabra, cierta expresión o cierta frase, alzaré la mirada y lanzaré al aire una tiesa peineta.

Se acabó.

Si no defiendo la libertad de expresión para todo -incluyendo la capacidad de poder defecar en esos espacios de ofensa, y a la vez estar dispuesto a que se caguen en los míos-, no servirá de nada.

Poscensurarse no tiene ningún sentido, lo que significa que tengo que estar dispuesto a que algún día me haga Trending Topic por algo que haya escrito o haya dicho. Y cuando llegue ese día, si no saco el dedo corazón a pasear a cada bully de la justicia social, será por mera educación y cortesía, limitándome a sonreír a la turba de haters que se acercarán a mi muro subidos en sus altares morales con ruedines.

Y lucharé con todo lo que tenga, porque nadie se merece -en ninguna época- escritores poscensurados.

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